Ir al contenido principal

11. Pasa del qué dirán

 

Yo me considero una persona simpática y educada. Pero siempre he sido bastante independiente e introvertido. Aunque tengo algunas amistades, nunca he sido precisamente el alma de ninguna fiesta. Siempre he pensado que, si te apetece hacer algo, siempre que no perjudique a nadie, aunque no sea lo que la mayoría de la gente suele hacer, es mejor hacerlo.

Aunque, como cualquier ser humano, a veces he sucumbido a la presión de grupo, creo que casi siempre he predicado con el ejemplo. Y esto, aunque es mi seña de identidad más notoria, me ha generado algún problema durante mi infancia y adolescencia.

Cuando llegué al club con 8 años, había entrado un año más tarde que los compañeros de mi misma edad. Por este motivo, ellos ya habían creado su círculo de amistad y me estaba costando bastante formar parte de él. Además, tenía unos gustos bastante diferentes a los de mis compañeros. Al salir de la piscina, cuando ellos jugaban a fútbol, yo me entretenía más jugando a algún videojuego o siguiendo una fila de hormigas que había al lado del campo.

Yo era feliz haciendo esas actividades a mi rollo. No hacía daño a nadie y no echaba de menos mayor contacto con mis compañeros que el que tenía dentro de la piscina con ellos. Iba a la piscina, hacía caso al entrenador, no molestaba a nadie y me marchaba. No es que no quisiera estar con nadie. Como ya he dicho, creo que siempre he sido una persona simpática. Es que me gustaba hacer las cosas que hacía. Si alguien quería sumarse a mi afición, siempre era bienvenido.

Mientras mis compañeros jugaban durante el entrenamiento y no hacían caso al entrenador, yo solía seguir a rajatabla los ejercicios que él mandaba. A veces, cuando terminaba el entrenamiento, me quedaba practicando salidas o virajes mientras el resto se quedaba hablando. Era lo que me gustaba hacer. Me gustaba aprender y hacerlo cada vez mejor.

Esto fue dando sus frutos, y poco a poco, fui mejorando y superando a algunos de mis compañeros. Esto no sentó muy bien en algunos de ellos. Ya no era el niño rarito que había venido de fuera de su círculo y se dedicaba a mirar hormigas. Ahora era el niño rarito que había venido de fuera de su círculo, se dedicaba a mirar hormigas y (a sus ojos de niños envidiosos) a golpe de cronómetro les estaba quitando su lugar en él.

Con esto, empezó la época de los motes desagradables, las zapatillas escondidas en taquillas y las burlas cuando algo no me salía bien. Yo solo hacía lo que mandaba el entrenador, pero solo por eso, era un motivado que estaba mal de la cabeza. El malestar fue tan grande que acabé pidiendo a mi madre que me borrase de natación. Había cedido a la presión de grupo. No recuerdo si en aquel momento me convenció para permanecer el deporte o me obligó a ello. El caso es que hizo que no abandonara la natación.

Pasaron varios años hasta que sentí que ya no se me hacía de menos en el grupo. Algunas de las personas que me trataban mal desaparecieron. Otras maduraron y reconocieron que, aunque tenga mis rarezas, soy una persona confiable y divertida cuando se me conoce. Así, poco a poco, fui construyendo lo que soy hoy en día, tanto dentro como fuera del agua. Me he ganado el respeto y la confianza de los que me rodean. He encontrado amigos y gente que me quiere en este mundo. Si aquel día, mi madre hubiera dejado que me marchara, me habría perdido todo esto.

Lo que yo saco de esto es que todos somos raros. Pero siempre que respetemos a los demás y no hagamos nada que perjudique la convivencia con el resto, sería una pena que alguien no lo fuera. Significaría que su personalidad es débil y que es el grupo el que toma las decisiones por él. Si lo que te apetece es nadar (o hacer cualquier otra actividad), entrenar, practicar, mirar vídeos en internet, visitar al nutricionista o cualquier otra cosa, hazlo. Da igual que se burlen de ti o que no quieran acompañarte en el camino.

No estoy invitando al aislamiento. Como animales que somos, necesitamos vivir en manada. Y las relaciones sociales son una de las mayores fuentes de dopamina que podamos tener. Pero sí que animo a no pensar en el “qué dirán” cuando nos apetece hacer algo distinto a lo que haga la mayoría. Al final, siempre hay una persona que te va a acompañar y no se va a reír de ti por hacerlo: TÚ MISMO. 

Comentarios

También te puede interesar

1. Disfruta

¿Qué es DMPR?