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8. Cuídate

 

Este tema está muy relacionado con el de pedir ayuda y dejarse ayudar. La diferencia es que, en este caso, somos nosotros mismos los que nos tenemos que ayudar. Muchas veces, puede que tengamos la actitud adecuada y entrenemos todo lo bien que se nos pide. Y, ¿de qué vale eso si el día anterior a la competición lo hemos pasado comiendo comida basura, y alargando una fiesta hasta arriba de alcohol hasta las 8:00 de la mañana?
Ahí es donde entra en juego algo que a menudo pasamos por alto: el entrenamiento invisible.


No hablamos de nadar más, levantar más peso o hacer series más rápidas. Hablamos de lo que ocurre fuera del agua, cuando nadie nos ve, cuando no hay cronómetro ni entrenador cerca. Hablamos de dormir las horas necesarias, de cuidar lo que comemos, de acudir al fisioterapeuta cuando algo no va bien, de visitar al psicólogo deportivo. Incluso de protegernos del sol, de no acumular cansancio innecesario y de tener momentos reales de descanso.
Todo eso también es entrenar. Es la parte silenciosa del rendimiento. La que no sale en las estadísticas, pero decide si nuestro cuerpo mente estarán preparados el día que más importa.


Porque podemos tener el mejor entrenador del mundo, el mejor plan de entrenamiento o las mejores instalaciones. Podemos tener talento, ganas y actitud. Pero si no nos ayudamos a nosotros mismos fuera del entrenamiento, nos estamos saboteando. Es como construir una casa perfecta y luego dejar las ventanas abiertas en plena tormenta.


No se trata de obsesionarse, sino de ser coherente. De estar a la altura de nuestras propias expectativas. Porque al final, por mucho que nos ayuden, hay una parte del rendimiento que es nuestra propia responsabilidad.


Una imagen que puede ayudarnos a visualizar esta idea es la de un ave en lo alto de la selva, cuidando su nido al amanecer. No está volando ni buscando alimento ni desplegando su plumaje: está protegiendo lo esencial, asegurándose de que su hogar esté en condiciones para sostener la vida. Ese nido no se construye en un solo día. Es el resultado de un trabajo constante, meticuloso y silencioso. Así es también el entrenamiento invisible: no llama la atención, pero sostiene todo.


Cuando llega el momento de volar (rendir en la competición), solo quien ha cuidado su base estará preparado. El resto dependerá del azar o del talento momentáneo, pero sin estructura, sin coherencia, no hay vuelo sostenido.


Un ejemplo claro de cómo el maltrato físico y la falta de autocuidado pueden arruinar una carrera es el caso de Mike Tyson. Tyson, uno de los boxeadores más talentosos de la historia, fue un prodigio del ring, pero su vida fuera de él estuvo marcada por excesos que afectaron gravemente su rendimiento. El abuso de drogas, alcohol y la falta de descanso y autocuidado hicieron mella en su físico y su mente. A pesar de haber tenido una de las carreras más impresionantes, las malas decisiones fuera del ring, como sus excesos y la incapacidad de cuidar su cuerpo, lo llevaron a perder todo lo que había logrado.


Tyson no solo no cuidó su cuerpo, sino que lo maltrató con entrenamientos extremos, una dieta inadecuada y una vida personal desordenada. Su talento natural lo llevó a la cima, pero sin un enfoque equilibrado en su salud, las secuelas fueron inevitables. Las lesiones y los problemas psicológicos comenzaron a afectar su rendimiento, y su carrera terminó antes de lo que muchos esperaban.


El caso de Tyson es un recordatorio poderoso: el talento no basta si no va acompañado de responsabilidad, equilibrio y respeto por uno mismo. El entrenamiento invisible no es un lujo, es una necesidad. Sin él, incluso los más grandes pueden caer.

 

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