Tenemos la suerte de ser los protagonistas de nuestras vidas. Pero eso no significa que seamos los protagonistas de una película de Marvel y podamos con todo.
Podemos tener la resiliencia mental del Capitán América,
pero como él, podemos sangrar. Lobezno puede ser indestructible por fuera, pero
nadie lo libra de cargar con traumas que lo hacen sufrir por dentro. Spiderman
es un ejemplo de motivación, pero muchas veces tropieza en los momentos clave.
La capacidad de la Bruja Escarlata es inmensa, aunque inútil si no sabe cómo
canalizarla. Y aunque tuviéramos la determinación de Thanos y 6 gemas del
infinito para conseguir nuestro objetivo, podemos estar solos y acabar
derrotados por puro desgaste.
En el deporte pasa lo mismo. Nadadores legendarios como
Michael Phelps han demostrado que ni siquiera los mejores están exentos de
necesitar ayuda. Él mismo, por ejemplo, enfrentó episodios profundos de
depresión tras los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Llegó a un punto donde
pensó que no quería seguir viviendo, y fue su decisión de pedir ayuda y acudir
a un centro de rehabilitación; lo que le permitió recuperarse, regresar al
deporte y cerrar su carrera con más medallas en Río 2016.
Esto nos recuerda que no pasa nada por pedir ayuda. Todos
los atletas, sea cual sea nuestro nivel, podemos enfrentar momentos difíciles.
Y hacerlo no nos hace menos fuertes o capaces. Al contrario. Reconocer que
necesitamos apoyo es un acto de valentía. Simone Biles, la gimnasta que tomó la
decisión de priorizar su salud mental en Tokio 2020, lo resumió bien al decir
que a veces el mayor triunfo es cuidar de uno mismo.
La salud mental es lo más importante en el deporte. Pero no
todos necesitamos el mismo tipo de ayuda. A cada uno le puede hacer falta un
tipo de apoyo diferente. Como ya he dicho antes, no todos los superhéroes
tienen las mismas debilidades. Uno puede necesitar mejorar la técnica. Otro
puede requerir que alguien que le pinche para que en el entrenamiento dé lo
mejor, o un fisioterapeuta para curar una lesión lo antes posible. Por no
hablar del apoyo logístico que normalmente recibimos y que no solemos valorar;
como tener alguien que nos haga la comida, nos lleve a entrenar o nos pague el
material para nadar.
La clave está en conocernos, saber dónde flaqueamos y reconocer a las personas que nos pueden sacar del agujero en el que podamos estar. Detrás de cada nadador exitoso hay un equipo invisible que lo respalda. Entrenadores que pulen cada brazada, fisioterapeutas que cuidan cada músculo, psicólogos que entrenan su mente para que compita al mismo nivel que su cuerpo, e incluso amigos y familia que nos dan soporte cuando lo necesitamos.

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