Habrá quién le cueste más reconocerlo. Pero si hay que elegir entre ganar o perder una competición, un juego, una apuesta o algo similar, todos preferimos ganar. Entonces, ¿por qué no intentarlo? No conozco a nadie que haya echado una partida de Brawl Stars, de Fifa o de Mario Kart que haya jugado sin intentar ganar. ¿Por qué no hacemos lo mismo en el agua? ¿Cuál es la diferencia?
A mi modo de ver, tirarse al agua en una competición de
natación es exactamente lo mismo que recopilar las 10 gemas con nuestro Brawler
favorito. En los dos casos estamos ahí por decisión propia, disfrutamos de la
adrenalina que generamos durante la partida (sobre todo en los últimos
segundos) y no pasa nada si ganamos o perdemos. Pero, aun así, lo damos todo
para intentar ganar, ¿no?
Entonces, ¿qué nos impide que en el agua nos tiremos con
todo? Pues somos nosotros mismos. La mayoría de las veces, hay un tiempo que
tenemos en la cabeza cuando saltamos del poyete. Puede ser una mínima, un
récord, una marca personal o la clasificación para alguna prueba de relevos.
Está muy bien tener el objetivo en mente. Pero si lo tenemos dentro en el
momento de la competición, se pega en nuestras articulaciones y nos hace ir más
lento, como el óxido en los mecanismos de una máquina.
Todo el tiempo que mientras nadamos estamos pensando en la
meta, estamos poniendo más “cuidado” en cada una de nuestras brazadas. Esto,
aunque no nos demos cuenta, hace que vayamos más despacio. Es el equivalente
deportivo a perder tiempo a mirar el mando de la consola cuando vamos a chutar en
el Fifa para estar seguros de que hemos pulsado el botón correcto. No me
deja de parecer irónico que el propio tiempo que queremos hacer nos impida
hacerlo.
El objetivo hay que tenerlo presente cuando nos levantamos
pronto para ir a entrenar, cuando estamos cansados y quedan 1000 m más de
medio, cuando no queremos ir a entrenar porque hay examen al día siguiente o cuando
tenemos que decidir si perder una semana de entrenamiento para ir a una
excursión con la cuadrilla. Pero no cuando suena el pitido de salida. En ese
momento, lo que mejor funciona es el sentimiento primitivo de querer ganar.
Solo así somos capaces de poner nuestro cuerpo a funcionar al máximo. De alguna
manera, estamos hackeando nuestro cerebro para no tener ningún limitador
mental.
La gente que no está acostumbrada a quedar entre las
primeras posiciones pensará que esto no es para ellos, pero no es cierto.
Siempre hay algo por lo que pelear. El que sale segundo debe luchar por ser
primero. El que sale primero debe luchar por sacar la mayor ventaja posible. Y
el que sale último debe luchar por no serlo. Realmente, da igual a quién
llevamos al lado. Antes de saltar, tenemos las mismas posibilidades de ganar
nosotros, Caeleb Dressel o Stephen Hawking.
Por supuesto, solo puede ganar uno y alguien debe ser el último. Pero, al igual que en el Brawl Stars, después de todo ¿qué importa? Con la excusa, nos lo hemos pasado bien, hemos ganado experiencia y, habrá sido más probable que hayamos hecho la marca que queríamos.

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