La competitividad, sana y respetuosa, es uno de los pilares fundamentales para mejorar en el deporte. Eso implica que constantemente miremos qué está haciendo el compañero, bien porque superarle es nuestra meta, bien porque queremos ser como él o bien porque no queremos que nos adelante.
Sin embargo, es fácil que estas comparaciones sanas que nos
ayudan a dar lo mejor de nosotros mismos se conviertan en comparaciones tóxicas
orquestadas por la envidia. Normalmente, lo que hacemos en estos casos es
lamentarnos por no ser como ellos son o no tener lo que ellos tienen.
Pues aquí viene una sorpresa: Por mucho que lo intentemos,
no todos vamos a llegar igual de lejos. Pero ¿debemos dejar de intentarlo solo
por eso? Es genial que tener a una persona como meta nos ayude a avanzar. Pero,
si fracasamos en el intento (si se le puede llamar fracasar), ¿por qué miramos
lo que nos queda por recorrer en lugar de lo que ya hemos recorrido?
Seguramente, mientras estamos cegados por llegar al nivel de esa persona, hemos
conseguido muchas otras cosas de las que no somos conscientes.
Cuando no alcanzamos nuestras metas, lo fácil es mirar al
que sí lo ha hecho. Pero, ¿por qué nunca miramos al que se ha quedado todavía
más lejos? Este no es el típico Mal de muchos, consuelo de tontos. Es un
ejercicio para darnos cuenta de que dependiendo el prisma con el que miremos
nuestros resultados, igual no están tan mal. Por cada persona que nos ha
ganado, nosotros hemos ganado a muchas más.
Es fundamental tener claro que lo que hemos conseguido es
nuestro y de nadie más. Vale lo mismo que los logros de otros; y da igual que
sea una clasificación para el campeonato de EH que una medalla de España. Si
menosprecian nuestros logros, nos menosprecian a nosotros, y deberíamos
sentirnos molestos por ello. Para ello, los primeros que no debemos quitar
valor a lo que hemos conseguido somos nosotros mismos.
Al fin y al cabo, nuestros logros, tengan el tamaño que tengan, no dejan de ser el fruto que hemos recogido después de todo lo que hemos trabajado. Por eso, hay que darles el valor que se merecen y celebrar haberlos conseguido. No es egocentrismo. Es el combustible que hace que nuestra llama siga encendida (la llama del disfrute).

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