A ojos de un entrenador, una competición no es tan distinta de una partida de cartas de varios jugadores. En esta analogía, cada jugador de la partida representa el entrenador de un equipo y cada carta sería equivalente a un nadador.
La partida que se juega consiste en ganar el mayor número de
rondas posible. En cada ronda, cada jugador muestra una carta de la mano que
tiene. El que haya enseñado la carta con el valor más alto, gana la ronda. Pero
las cartas utilizadas en cada ronda ya no pueden volver a utilizarse en la
partida. La partida termina cuando se han enseñado todas las cartas que tiene
cada jugador.
En este paralelismo, no es muy difícil darnos cuenta de que
el jugador que tenga más cartas y de valor más alto tendrá más ventaja a la
hora de ganar el juego. Sin embargo, todos los jugadores deben medir
cuidadosamente cuándo utilizar las cartas más valiosas para asegurar ganar el
mayor número de rondas posible (sería un desperdicio ganar una ronda con un 10
cuando el oponente ha presentado un 2).
Pero, aunque la analogía se pueda entender bien, existe una
diferencia clave entre esta y la realidad: Los nadadores, a diferencia de las
cartas, son personas. Esto significa que mientras que las cartas siempre tienen
el mismo valor, los nadadores lo cambian a lo largo del tiempo (entiéndase
“valor” como capacidad de cumplir objetivos más ambiciosos en una competición).
Hay infinidad de factores que intervienen en esto. Algunos son la edad, el
estrés, el descanso, la alimentación o el estado de salud física, mental y
social.
En la mayoría de los que he mencionado, el entrenador poco
más puede intervenir que mediante un apoyo indirecto a través de
recomendaciones, respaldo emocional o asistencia logística. Pero hay un factor
crucial que afecta al valor de un nadador del cual el entrenador es
directamente responsable: el entrenamiento.
El buen entrenador ha dedicado gran parte de su vida a
estudiar la mejor manera de potenciar este factor a través de carreras
universitarias, cursos, libros y artículos científicos. Además, como la ciencia
del deporte está en constante evolución, se preocupa por mantenerse al día de
las tendencias que mejor funcionan en cuanto a técnica y planificación. También
experimenta (a veces, en su propio cuerpo) con ideas innovadoras que puedan
propiciar ventajas competitivas frente a sus rivales.
Por norma general, a diferencia del entrenador, los
nadadores no somos expertos en lo que a preparación física se refiere. Por
esto, puede ser que recibamos entrenamientos que no entendamos de nuestro
entrenador.
Es muy habitual el pensamiento ¿Para qué me está mandando
esto? en las cabezas de los nadadores. En este punto, es muy importante tener
claro que el entrenador, por todo lo anterior, sabe más que nosotros y que, si
lo manda, lo hace basándose en un razonamiento anterior. En la mayoría de los
casos, los nadadores perseguimos nuestros objetivos por mera satisfacción
personal. Pero el entrenador lo hace porque es su trabajo y quiere hacerlo lo
mejor posible. Mientras que los nadadores trabajamos para aumentar nuestro
propio valor, el entrenador lo hace para ayudarnos a conseguirlo. El primero
que quiere que mejoremos es él mismo. Por esto, no va a mandar deliberadamente
algo que nos afecte negativamente.
Perder la fe en su entrenador es una de las peores cosas que
le puede pasar a un nadador. Cuando ocurre, nos sentimos solos y entramos en
una espiral que termina en una disminución de nuestro propio valor. Sentimos
que lo que nos están mandando no vale para nada y, de repente, no nos parece
tan descabellado dedicarle menos esfuerzo a hacerlo bien. Si no paramos esto,
empezaremos a plantearnos el sentido de ir a entrenar, bajando la asistencia y,
en última instancia, empeorando los resultados. En el peor de los casos, esto
afectará a nuestra motivación general y eventualmente, acabaremos abandonando
la natación. La hoguera que nos protege se habrá apagado.
Pero que haya que tener fe en el entrenador no significa que
no se pueda preguntar o tratar de entender el motivo por el que planifica los
entrenamientos de la manera que lo hace. Por supuesto, el entrenador también es
humano y se puede equivocar; ya sea porque el método que prueba no es efectivo
o porque al nadador en cuestión no le va bien ese tipo de entrenamiento en
particular.
Entrenador y nadador deben ser equipo para lograr objetivos comunes. El nadador, aunque su entrenador le explique el motivo por el que hace las cosas, no va a alcanzar su nivel de conocimiento solo con unas pocas preguntas. En ciertos momentos, le va a tocar tener confianza en lo que le han mandado haciendo su mejor esfuerzo durante el entrenamiento. Por su parte, el entrenador debe escuchar el feedback de sus nadadores para reorientar su planificación hacia el mejor escenario posible. La confianza mutua hace que el camino sea menos pedregoso, lo que permite concentrarse en lo importante: disfrutar cada brazada, y por lo tanto, seguir mejorando.

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